Gastronomía y estética: una combinación que deleita todos los sentidos

La cocina bien puede considerarse como el arte de lo culinario, un espacio en el que los sentidos del gusto y el olfato poseen un protagonismo central. Desde esta perspectiva, no es exagerado afirmar que un plato puede llegar a ser como una pintura o una escultura. Su valor, incluso, podría estar muy por encima de estos últimos. Pero lo específico del arte culinario es que las obras están destinadas a esfumarse de modo inmediato. Se trata de un arte que sólo puede ser apreciado por su consumo, porque para saber qué tan delicioso es un menú, este debe desaparecer del plato.

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Ahora bien, criticar el estatuto artístico de la gastronomía estética por ser comestible, es tanto como criticar a la pintura por ser visible o a la música por ser audible. En este sentido, el cocinero puede llegar a ser tan artista como el pintor, el músico, o el cirujano plástico. Cada uno en su rubro puede producir una obra de arte, o realizar una simple actividad. Porque así como existen pintores de cuadros y de paredes, cantantes y cantores, cirujanos plásticos y carniceros, así también hay chefs de renombre y gente que cocina. Evidentemente, el talento es mezquino: Pablo Picasso o Luciano Pavarotti; el Dr. Emiliano Álvarez o el Gato Dumas, son casos excepcionales de una genialidad incomparable.

Con todo, el arte de lo culinario, como cualquier otro arte, está anclado a un tiempo determinado, relativamente puntual. De hecho, la estética de la gastronomía también tuvo su nacimiento, o mejor dicho, su momento de esplendor. Esto ocurrió cuando el hombre moderno aprendió a incorporar los sentidos en el ámbito culinario y dejó de concebirla simplemente como una mera necesidad de supervivencia. La cocina de hoy constituye un universo donde sus protagonistas dejan plasmar el arte innato de grandes maestros que sobrepasan las expectativas convencionales para deleitar a los comensales.

Sin embargo, el afán desmedido por realizar montajes excepcionales en creaciones culinarias, se remonta a varias civilizaciones antiguas. Es que con la gastronomía artística ocurre algo parecido que con la cirugía estética: si bien sólo en nuestro tiempo contamos con todo lo necesario para realizar verdaderas obras de arte, el ser humano siempre ha buscado deslumbrar con sus intervenciones artísticas, en un plato o en un rostro. En cualquier caso, la pregunta por el costo de un manjar en la antigüedad, o por el precio de una rinoplastia en la actualidad, es completamente intrascendente. En ambos casos el resultado justifica, y con creces, la inversión. Vale decir, un gasto cuyos beneficios dan cuenta y ampliamente de aquellos admirables resultados.

Con todo, la atracción hacia un plato puede ser mucho más que una necesidad simplemente fisiológica. Saciar el hambre puede quedar desplazado a un segundo plano y prevalecer la necesidad de plenitud, satisfacción, y en última instancia, de felicidad. Evidentemente, la estética culinaria no es más que el delicado arte que sólo ejerce un chef al preparar y emplatar una receta. Gozo estético que, en realidad, deleita todos nuestros sentidos.